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Visitando el cementerio

      Cuando quería estar tranquila, cuando quería perderme y aislarme un poco de todo, cogía, muy resuelta, la bici. En menos de dos minutos me había atravesado el pueblo. Aceleraba un poco en el tramo de lo que era la fábrica de pantalones para enfilar con un poco más de fuerza la cuesta del cementerio. Mi BH roja aún era de las clásicas de paseo, nada de bicicleta de montaña, así que la cuesticita me obligaba a levantarme del sillín en lo más empinado. Unos cincuenta metros de pendiente bien inclinada. Y luego dejar la bici tirada a un lado y entrar.
 
      La puerta enrejada se atasca desde que yo recuerdo. A mí me gusta así. Es como si el arrastrar de la reja anunciara que entras en otro mundo. Y en cierta forma así lo haces. Pero que nadie se anticipe. Nunca fui al cementerio por morbo. Para mí siempre ha sido el sitio donde más tranquilo se puede estar, y diréis que lo es para mí y para todo el mundo. Sin embargo no creo que para todo el mundo represente un símbolo de tranquilidad. Allí hay quien se siente como yo, y habrá seguro quien se inquieta, y a quien le atemoriza... sea como fuere, todas esas son sensaciones igual de respetables. Me estoy desviando del tema. A mí parece que bajo los cipreses puedes estar más cerca de ti mismo. Tras esas lápidas están los restos de buena parte de mi familia, que son al fin y al cabo parte mí misma, gente que influyó en mi vida y que, cada uno en su medida, contribuyó a ser quien es.
 
      La primera vez que subí sola no tendría más de trece años. Me recorrí buena parte del recinto leyendo fechas y nombres. Y, al darme cuenta de lo bien que se estaba allí, con ese silencio que nadie viola, aunque haya más gente a parte de uno mismo, decidí repetir la visita. Y con los años se convirtió en una costumbre. Y luego, cuando murieron mis abuelos, pasó a ser una auténtica necesidad. La necesidad se ha acentuado desde que falta mi cuñado, aunque sus restos no están nuestro campo santo, visitar a los abuelos es como si le visitara a él. Y supongo que esto que os cuento le pasa a más de uno.
 
      Cuando le dije a la señora Milagros dónde acababan algunas de mis carreras en bici, torció el gesto y vino a decir algo parecido a que su nieta era una niña muy rara -"tú no estás bien de la cabeza"- algo así seguro que me dijo, siguiendo en su estilo. Pero sé que nunca le pareció mal. Lo sé porque cuando nos llebaba con ella a limpiar y arreglar las lápidas de los parientes, siempre nos repetía el parentesco que nos unía a cada uno, y nos declaró su intención de que memorizáramos todo aquel árbol genealógico. Ella quería, como supongo que es costumbre en cualquier familia del pueblo, que ninguno de nuestros familiares tuviera su tumba descuidada. Que cuando los mayores fueran faltando, los jóvenes nos ocupáramos. Es otra forma de cuidar de los tuyos y sobretodo de no olvidarlos. Luego con el tiempo me he dado cuenta de que es una forma de mantenerlos junto a ti, mientras guardas su memoria viven en ti.
 
      Pero más que por ellos, estoy segura de que lo hacemos por nosotros, porque así los sentimos más cerca. Eso me lo ha enseñado el tener que pasar por ello, porque se te muera alguien a quien quieres más que a ti mismo, y tener que ver cómo sufren otros a los que quieres igual cuando se enfrentan al vacío.
 
      No escribo esto para provocar tristeza. Es justo lo contrario. Me provoca alegría y seguridad el ver que hasta del dolor se puede sacar algo positivo... se aprende de él, y si lo superas y lo enfrentas, resulta que ese dolor se transforma en fuerza, una fuerza que te dan lo que se fueron. Es algo de lo que ya he escrito más de una vez, y supongo que aún llenaré folios con ello.
 
      Eso, y aún más sensaciones que no acierto ahora a expresar, es lo que cruza mi mente cuando subo al cementerio buscando tranquilidad y ver a lo míos un rato. Allí hasta el cielo parece más auténtico.

    Nieves M. Martín

1 de noviembre de 2003 
 
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