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Las uvas de la parra

      Todo el verano mirando esperando, mirando el verde brillante. Todo el verano vigilando por el rabillo del ojo esa parra coquetona y presumida que me mostraba sus racimos sabiendo que hasta septiembre no podría apenas tocarlos

      Con trece años, el ver maduras las uvas de la parra era el único motivo por el que yo podía desear que llegara septiembre. Cada día atravesaba el patio de la abuela un montón de veces; para ayudarla a lavar, para coger la bici, para hacer los recados que ella me encargaba. Y cada una de esas veces paraba bajo la parra. Y cada una de esas veces me tenía que parar un echar un vistazo rápido a las uvas, a ver cómo iban. Y luego estaban los largos ratos que me pasaba en patio sólo para vigilar la "cosecha". A media tarde, con el sol aún alto, iba allí atrás para inspeccionar el género. Miraba los ramos, casi uno a uno. Les hacía alguna cata para saber cuándo más o menos se podría cortar algún racimito.

      Y eso año tras año. Con el tiempo entre mis familiares se hizo "legendaria" esa afición mía. Y ahora, con eso de que voy poco al pueblo, menos de lo que quisiera, cuando llega verano siempre se acuerdan de la manía que tenía Nimi con las uvas de la parra. Mi tía Dolores, doña señora de Juanma, dice que siempre se acuerda de mí cuando las uvas empiezan a madurar. Pero es que no puedo evitarlo. Para mí son un símbolo de mi infancia y de mi juventud, por supuesto, pero también lo son de un buen verano, de que hay cosas, cosas buenas, que no cambian.

      Cuando corto un racimo, cuando noto como su peso cae suavemente desde la parra a mi mano, me siento... me siento bien, sin más... es una de esas cositas, pequeñitas, de las que siempre hablamos, que te hacen sentir bien y hasta definen un poco quien eres.

      Ahora apenas las veo madurar, las vigilo tan sólo en mi imaginación, a trescientos kilómetros de distancia, pero aún así disfruto como entonces del olor que despiden, del perfume dulce que inunda la nevera cuando la abro, después de que mi tía me haya aprovisionado de un buen montón de racimos hasta que pueda volver. Las hay mejores, más dulces, más brillantes, más grandes, pero, si no me como unas uvas de la parra de mi tía en septiembre parece que el verano no transcurrió como debía.

      Hasta aquí quien me lea y sepa lo dura que es la vendimia, puede que se haya indignado por la versión romántica que os he descrito. Yo no he vendimiado nunca, posibilidades he tenido de unirme a mis amigos en septiembre para sacar algunas pelillas en mis tiempos de estudiante. Pero lo mío no es eso. Ya lo sabéis. Así que, romántico o no, vaya desde aquí este homenaje al cariño de mi tía, al Recuerdo de nuevo, y a todos los que sí saben lo que duelen los riñones cuando vendimias.

    Nieves M. Martín

4 de octubre de 2003 
 
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