Profesión: Sus Labores

      Un patito mareado. Ese es más o menos (más bien menos) el nivel que he alcanzado en todo eso de las labores de costura y artes de ésas. Desde muy pequeña mi madre y mi abuela se empeñaron en que tenía que aprender a bordar, a mano con el bastidor, y a máquina... que tenía que hacer punto, que tenía que saber coser... y la verdad es que hasta ahora, que esas labores empiezan a cobrar su sentido práctico en mi rutina diaria, sobretodo eso del coser, no les tuve mucho aprecio. Me daban envidia mis amigas del pueblo, enfrascadas los veranos en coser alguna mantelería, de dibujos impresionantes, que sus madres se habían encargado de preparar para cuando la niña no fuera a la escuela. Y recuerdo que el sentimiento siguiente a la admiración envidiosa, sanota, pero envidiosa, era algo así como "¡pero qué rollo!... ¡cuánta paciencia hay que tener!"
      Por más empeño que pusieron mi madre y mi abuela, yo siempre procuraba hacer lo que me tenían preparado deprisa, lo más deprisa que podía, y como así nunca me salía un punto en su sitio, y yo lo sabía, pues es resultado fue el esperado... mis insignes progenitoras acabaron tirando la toalla (supongo que no llevaría puntilla) y me dejaron tranquila, soñando y riendo con las historias de los cómics heredados de mi padre y los que yo me iba agenciando.
       La ironía es que soy de las que no pueden dormir en otra cosa que no sea una sábana de hilo, de las que se enamoran de esos preciosos bordados, de las que aún tienen la suerte de llevar ajuares cortados y bordados de encargo, y de las que no compran cualquier cosa para su casita. Prefiero privarme de lujos en otras cosas.
      Aunque en nuestro pueblo siga siendo lo normal, creedme si os digo que fuera de allí un ajuar es ya un auténtico lujo. Pero por lo que respecta a mi familia no sólo guardamos ciertas tradiciones, sino que procuramos mejorarlas. Entre las hermanas conseguimos que el hermano también tuviera ajuar... que digo yo que él también tiene derecho, por si su "futura" no tuviera unas mayores como las mías, al menos en el arte de la aguja.
      Enhorabuena a quienes aún puedan disfrutar de sábanas, manteles, colchas... paños mil que hacen que te sientas más a gusto en casa. Porque ¿qué hay mejor que dormir entre sábanas de hilo, planchaditas y recién puestas... cuando llegas, cansado de trabajar y con ganas nada más que de darte una ducha y echarte a dormir? Incluso ahora valoro más si cabe ese paraíso de algodón. El vivir por cuenta propia te hace apreciar los pequeños placeres que hacen de la vida algo que merece la pena.

      Así que no me queda otra que agradecer mil veces el empeño de mis mayores en "cositas" como ésa de hacerme coser, porque así he aprendido a distinguir lo que de verdad merece la pena de lo que no, empezando por un bordado y acabando por el cariño que impulsa a quien maneja la aguja (o al revés, da igual el orden) Si las cosas se hacen con cariño, aunque no salgan como esperábamos, rara vez salen mal.

    Nieves M. Martín

Marzo 2003 
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