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Con sandalias de agua |
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Ahora
eso de las piscinas municipales es lo más normal del mundo. Es un
servicio más de los ayuntamientos.
Cuando
mis primos y yo éramos pequeños eso de tener piscina en
el pueblo era un lujo. El pueblo ni siquiera podía tener agua corriente
todo el día, así que hubiera resultado estúpido pensar
en hacer "baños públicos". Piscinas había,
dos o tres, pero eran privadas. La de don José era de las más
famosas. Y yo una de las privilegiadas que pudo bañarse allí
de cría. Ana, una de las hijas de María Jesús, iba
en nuestro grupo de amigas y nos invitó más de una vez.
Y, antes de nadar en la piscina de Ana, eran nuestros padres los encargados
de suplir, en la medida de lo posible, las ganas que teníamos los
enanos de nadar y jugar en el agua. Dos, tres y hasta cuatro coches, cuatro o cinco parejas con sus respectivos dos, tres y hasta cinco hijos cada parejita. En total un ruidoso grupo de no menos de 15 personas invadíamos el rincón que, junto al río, habían elegido nuestros mayores para pasar la tarde. ¡Y allí que nos desplegábamos! Unos con cubete y pala, otros directos al medio metro de agua que corría (porque la mayoría de nuestros mayores no eran expertos nadadores, así que elegían un sitio donde no fuéramos a darles muchos sustos) para hacer como que nadábamos. Nos agarrábamos a las piedras con las manos, movíamos un poco las piernas y ¡ya estábamos nadando!, hacia delante, hacia atrás... ¡menudos maestros de la natación fluvial estábamos hechos! Con sandalias de agua, sí, esas que años después algún "diseñador fashion" puso de moda en diferentes versiones y colores, y bañadores multicolores pasábamos la tarde chapoteando, gritando, peleándonos y cogiendo todas las moras que se criaban, y se crían espero, en las moreras que nacían, y nacen espero, del río. Esa era la parte que más me gustaba. Los cuatro vasos de plástico que llevaban nuestras madres, como parte de la vajilla para darnos la merienda, se los arrebatábamos para llenarlos de moras, a ver quién llenaba más su vaso. A mí me daba tiempo a llenar y a comer. Y si no llenaba el vaso tampoco me importaba mucho. |
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Estoy segura de que la hora de la merienda en esas tardes era más que otra cosa un suplicio para las mamás. Hartos de moras, y pensado ya en los higos chumbos que los padres habían cogido para llevarlos a casa, empezábamos a arremolinarnos, empapados de agua y embadurnados de tierra, en torno a las mujeres, las encargadas del bocata, el chocolate, la fruta... ¡se me hace la boca agua! Siempre intentábamos entrar al río con la merienda. Cuando veías que la operación entrañaba el riesgo de que se te cayera el bocadillo, pasabas al plan B. Como mucho aposentabas tu culete, envuelto en ese precioso y manchado bañador, entre la arena y las piedras, y chapoteabas con los pies en el agua mientras dabas buena cuenta del pedazo de bocadillo que te habían preparado tu madre o tus tías. Por mi parte hasta tengo que agradecer que en Alcadozo no hubiera piscina pública durante mi infancia. Incluso recuerdo con cariño el día en que se coló una avispa en el coche, cuando volvíamos, ya rendidos y con ganas de que nos bañaran, esta vez en la bañera y con jabón, y no se le ocurrió otra cosa que picarme en el trasero. Era mi primer encuentro con una de ésas, y no me ha vuelto a picar ninguna... será porque las respeto bastante desde entonces. Otro
de los momentos preciosos que nos trajo la escasez de agua en Alcadozo
fueron los baños de la tarde en casa de la abuela. La señora
Milagros llenaba el barreño de metal Recuerdo que, cuando el agua estaba limpia, siempre me quedaba embelesada mirando los reflejos en el fondo del barreño, que a la luz del día parecía de plata. Metía la mano al tiempo que me sentaba en el suelo, junto al barreño, con la parra a un lado dando una sombra que refrescaba la otra mitad del patio. Y así, jugando en el agua con la mano, me pasaba un rato soñando despierta, ¡hasta que venía la avispa de turno a suicidarse mirándose en el agua, o a intentar darle un tiento a la uvas medio maduras, y, como no, a sacarme de mi inopia! |
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Nieves M. Martín |
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| Junio de 2003 | |
| www.alcadozo.com |