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Fotos
antiguas, objetos perdidos en los rincones, territorio ganado por las
telas de araña y el polvo, por el olvido, papeles amarillentos
que se quiebran al intentar tocarlos... hace algún tiempo que a
algunas mentes les pareció buena idea rescatar la memoria de nuestros
mayores y organizar exposiciones, darle un nuevo aire -se puso de moda,
que se suele decir-. Al final, tras varios años, parece que sólo
ha quedado en eso, en moda barata, para decorar paredes y rincones, aunque
esta vez sin polvo, y bien iluminados para presumir bien de esas "antigüedades"
Pero, con poner la llave del corral de la abuela a modo de jarroncillo
mono en el mueble del salón, ¿hemos recuperado de verdad
esa memoria o en realidad sigue allí olvidada, hundida en polvo
y telas de araña, en el silencio de un desván silencioso
y oscuro? Yo creo que los tesoros siguen allí. Hemos ignorado lo
importante. Cogimos los objetos porque eran bonitos pero no porque supiéramos
muy bien las historias que guardaban, las de quienes los usaron cuando
sólo eran utensilios sin otro valor que ése, el de su utilidad
-lo de la estética lo da el tiempo y la superficialidad llamada
moda-.
Tengo en casa, en la parte de arriba
del mueble del salón, con un foco iluminando directamente, cuatro
botellas de refresco de los años sesenta, setenta del siglo XX,
de varias marcas conocidas por todos. Las tengo allí porque eran
de mi abuela, de cuando tenía el bar en el pueblo -se acordarán
muchos de los alcadoceños de cuarenta y tantos-, porque eran de
ella, de una época que vivió mi familia y de la que yo sólo
sé por lo que me han contado.
Hay fotos de aquella época, en una aparece mi madre micrófono
en mano, y mis tíos en los instrumentos... la imagen me impactó
bastante la primera vez que la vi, por aquello que no me hubiera imaginado
nunca a la señora Consuelo y sus hermanos subidos a un escenario
haciendo la competencia a las yeyés de la época, al menos
en atuendo.
Las botellas las lavé, las
abrillanté y las puse allí por el recuerdo que guardan de
esos momentos igual que de otros, como la insistencia con la que le repetía
a mi abuela que no tirara las botellas vacías que había
descubierto que tenía en la cueva, o como cuando le pedía
que me prometiera, al saber del antiguo bar y ver a mi madre en aquella
foto, y ver a mi abuela regentado un bar y la verbena del pueblo, que
algún día, cuando fuera mayor y tuviera mi propia casa,
me las llevaría y las pondría en algún lugar donde
se vieran bien. Mi abuela, para no variar, me miraba diciendo que "tenía
unas cosas muy extrañas". Pero nunca las tiró y siempre
intentaba enfadarme diciéndome, cuando salía el tema, que
si había algún otro nieto que las quisiera, pues que yo
no iba a poder quedarme con todas... Así que pregunté a
los familiares si alguien tenía algún problema con aquello.
Sin embargo, allí arriba, en el mueble de mi salón, una
de las botellas no recuerda nada, y es una pena. La encontré en
un paseo en bici al Pajonar. Estaba semienterrada entre un montón
de tierra de las casas en ruinas que quedan allí. Me la llevé
porque, aunque nunca hubiera oído hablar de aquella marca de refresco,
me imaginaba que ese trozo de cristal también guardaría
alguna historia mínima sobre los que habitaron esa casa, ahora
ruinosa o, al menos, sobre quien estuvo, como yo, paseando por entre los
escombros. No sé en qué repisa estuvo, no sé quién
la compró, y resulta algo trivial en el día a día
de quien escribe, pero guarda una historia, pequeña o grande...
aunque yo no tenga la suerte de conocerla. Me consuelo con saber que,
tras consultar con mis mayores, la marca que lleva grabada fue popular
en su momento, pero no llegó tan lejos como otras, así que
es de suponer que me encontré con algo que llevaba allí,
casi sin moverse, unos treinta o cuarenta añitos.
Botellas viejas, fotos, papeles, fardeles,
aguaderas, medidas de fanegas, de celemín, espuertas de pleita,
mazos para machacar esparto, sillas con asiento de pleita, tazones, platos,
tazas... fueron el ajuar de gente tan anónima como importante,
para los suyos y para los que ni conocieron, en su tiempo o cuarenta años
más tarde.
No me veréis interesada en
nada que sólo tenga "pinta de antiguo", que haya sido
envejecido, o fotitos monas para el pasillo de cuando construían
los rascacielos de Nueva York, más que nada, porque eso me pilla
muy lejos. Puede, eso sí, que me mueva bastante para conseguir,
por ejemplo, una buena copia de la traída de aguas a Alcadozo,
o que incluso me ponga zalamera y me apunte un favor pendiente de devolver
si alguien me dona el original -aunque yo en su lugar nunca lo cedería-.
Los recuerdos sin memoria, sólo
fruto de las modas, no me parece que traigan sino más desarraigo
al que tenemos todos ya de por sí por vivir los tiempos que vivimos.
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