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Hace unos años alguien me dijo que la primavera era, además
del inicio del buen tiempo, también la estación en la que
más gente moría de causas naturales. No sé por qué
la vida elige esta estación para renacer tanto como para extinguirse.
El ejemplo más famoso de todos,
y el que perdurará más en la memoria colectiva será
el del Papa, Juan Pablo II. Antes de él en nuestra pequeña
memoria local este comienzo de primavera hemos perdido a unos cuantos
vecinos, todos ellos familiares queridos de nuestro pueblo. Mi madre me
daba su explicación de todo esto. Tal vez el esfuerzo que le cuesta
a la tierra salir del invierno y salir de nuevo al Sol, tal vez requiere
tanto esfuerzo que sólo los que se mantienen fuertes pueden superarlo.
Es una elección natural. Otro ciclo de la vida que se completa,
por eso no creo que, a pesar del dolor que produce la pérdida de
uno de nuestro mayores, no me parece algo malo. El día que Precioso,
mi abuelo, murió, llovió. Hacía mucho que no llovía,
y ese día se animó una llovizna muy primaveral. Y, por muy
cursi que pueda resulta, a pesar de la tristeza, se me alegro el alma.
Era como si alguien me quisiera decir que mi abuelo había vivido
lo que tenía que vivir, que debía desaparecer como ser vivo,
pero que estuviera tranquila porque se había completado un viaje,
el de Precioso, al menos el de su cuerpo. Cuando le tocó el turno
a mi abuela sentí lo mismo, por mucho que llorara, era lo mismo.
Hay momentos en que a la naturaleza
se le cruza la poca educación de la desgracia, y manda que se nos
vaya gente a la que no le tocaba. En este caso, cuando lo he vivido de
cerca, intento asumir la pérdida diciéndome a mí
misma que hay alguna razón, que no obedece ni mucho menos a ciclos
vitales o estacionales, pero alguna razón habrá, aunque
a mí se me escape, o esté muy lejos de querer siquiera saber
de razones en esos momentos de pérdida.
El sábado estaba ejerciendo una actividad tan de mujeres como ir
a la pelu para "eliminar y ordenar junglas". Esperando a que
me atendiesen leía un reportaje en una de esas "revistas de
pelu" sobre el Papa. Cuando volví la página y vi su
foto, lo único que quise fue que descansara, que él ya debía
descansar. Cuando ha muerto no he sentido tristeza, sí pena por
una persona mayor que lo ha pasado mal hasta que ha expirado, pero he
sentido tranquilidad porque las cosas eran como debían ser.
La primavera de Botticelli
(1482)
Después
de eso, de completar ciclos, a los que nos quedamos completando los propios,
nos queda desearnos la fuerza que tuvieron los que ahora descansan.
No
estuve de acuerdo en muchas cosas con mi abuela, no hacía más
que contradecir a mi abuelo, y del Papa, de éste me parecía
su conservadurismo muy perjudicial para una institución tan importante
para tantas personas como es la Iglesia Católica. Pero de todos
he envidiado siempre la fuerza para vivir.
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