[ Imprimir ]

Alcadozo, por siempre

      Hacía tiempo que no me ocurría. Pero ayer volvió esa sensación. Y es que, siempre que paso más de tres días en Alcadozo me entra una angustia tremenda el día que tengo que marcharme. Hoy ya estoy en la oficina, en los madriles, y ya cuento los días para volver.
Al fondo Alcadozo, en el horizonte el castillo de Peñas
      Pensé que con la edad esa tristeza del último día desaparecería, que según fuera conociendo más sitios y gentes no echaría tanto de menos Alcadozo. Y no ha sido así. El revoltijo en la boca del estómago, esa especie de angustia que te provoca sólo el pensar que te vas, ésa sigue ahí, sin moverse. Conocer sitios nuevos me ha servido para valorar aún más lo que tengo, pero ha venido a acentuar, si cabe aún más, la morriña del pueblo.

      Al hablar con otros amigos que han tenido esta suerte, la de tener un sitio, un pueblo, un lugar donde pasabas los meses calurosos de forma más relajada y tranquila, un lugar al que volver, todos coinciden en lo mismo. Cuando te vas haciendo mayor las obligaciones te atan, y las relaciones también. Un casco de patata bien asadito en la lumbreLos amigos, el trabajo, la pareja, la rutina atropellada de la ciudad... todo te ata a la urbe, y estás a gusto allí, por lo menos a mis amigos y a mí nos encanta vivir aquí (en mi caso Madrid). Pero parece que te falta el aire si por lo menos no desconectas un par de días y te vas al pueblo. A disfrutar del solanero del verano o del brasero bajo las sallas de la mesa camilla en invierno, de un casco de patata bien asadito en la lumbre, de un paseíto entre olores de romero, mejorana, pino... Todos pensamos igual. Incluso gente que no tiene raíces en sitios como Alcadozo, cuando los conocen se enamoran. Y no me digáis que me pongo cursi, porque el ejemplo más cercano lo tenéis en mi padre. El señor Fernando llegó a Alcadozo como asalariado en "los sondeos" (el famoso trasvase Tajo-Segura). Lo que pasa es que él se enamoró por partida doble. Le pegaron dos tiros certeros al corazón. casa del señor FernandoUno fue el de mi madre, el otro el de Alcadozo. Y desde entonces él, madrileño "gato" de cuatro generaciones atrás, viene todos los años, varias veces, y no ha parado hasta que hacerse su casa allí. Y allí supongo que pasará su jubilación.

      Él es un ejemplo tal vez un poquitíns exagerado, el mejor de todos. Pero por lo que a mí me toca, os puedo asegurar que esa sensación de falta de aire cuando llevas "demasiado" tiempo sin ver Alcadozo es real. Un día te quedas un segundo parado. Te detienes en seco y respiras hondo, en medio del trajín paras un segundo en seco, te pille donde te pille, te das un instante para pensar. Te dices que hay algo que te falta, que ya no puedes más. Y dos días más tarde te metes en el coche deseando ver las luces de Alcadozo a lo lejos, para poder ahogarte en la tranquilidad que anticipa ese olor a pueblo dos curvas antes.

    Nieves M. Martín

Septiembre de 2003 
 
www.alcadozo.com