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El pan de la Jacoba |
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Pan recién hecho y aún caliente cuando
la Jacoba lo dejaba caer en la bolsa de pan que yo traía y que la
abuela me daba cada día para hacer la ruta de "ir a pon el pan".
Primero a donde la Tere, a por las barras de pan, que eran las que más
comíamos los nietos. Caían siempre a la hora del bocadillo.
Luego nos mandaba a por el pan del abuelo. Y era eso, un pan de pueblo,
de los que creo que ya no se hacen en Alcadozo, a no ser que los herederos
de la Josefa hayan conservado la receta, como ha conservado la de esas memorables
tortas de manteca (pero eso es otra historia). El que se comía mi abuelo, el que hacía la Jacoba, era un pan recio, de miga dura y corteza marrón, bendito pan del que me acuerdo ahora casi a diario. Me encantaba partirlo. Era un reto a los nueve años. Entre mi poco arte en manejar la navaja del señor Precioso y mi poca fuerza para sostener el pan contra mi pecho, a poco le desmigajaba la rebanada. Y oías a mi abuelo refunfuñar, pero en el fondo morirse de la risa al verme intentar contar una rebanada entera y tan correcta como las que él cortaba todos los días, a pesar del parkinson. Ahora me esfuerzo en recordar el olor de la casa de la Jacoba. En el pasillo, al entrar ya se respiraba a pan. Mezclado con el olor a limpio de una casa sencilla del pueblo. Esas puertas repintadas de gris y sin una gota de polvo, ese suelo de terrazo almendrado que te conducía hasta un salón... y allí... en una pared del salón.. allí estaba la puerta del horno. Salía del muro como si se tratase de la entrada a un pasadizo secreto, como si fuera el acceso a una cueva que encerrara tesoros, o misterios. Mientras esperaba que la Jacoba trajera el pan me imaginaba lo que podría haber allí dentro además de pan. Y me emocionaba y me daba miedo. Además, la Jacoba, con su pañuelo eterno bien atado a la cabeza, su cara seria y blanca, más limpia aún que su casa, y su brevedad en el hablar, contribuía en mucho a que no dejara de intrigarme aquella casa, aquel horno y aquella mujer menuda y activa que parecía tener siempre mucho que hacer. Al principio me intimidaba entrar allí, pero no tardé demasiado en echar de menos ir a por el pan de mi abuelo. Hace años que no dejo la bici tirada en la puerta de la Jacoba mientras entro a por el pan, hace años que no salgo por la puerta de atrás de la casa de la Boleca para enfilar la calle Del Molino en dirección a casa de la Jacoba. Ahora se me hace agua la boca al pensar en una rebanada de ese pan empapada en aceite de oliva y un poco de sal. Y siempre que me coma una de esas sé que me voy a acordar de mi abuelo y de la Jacoba. Nieves M. Martín |
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