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Misa de domingo |
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Los
de la pandilla acuden cada uno a un sitio, las chicas casi siempre juntas,
los chicos cada uno por su lado. Tenemos entre trece y quince años,
y los domingos, excepto alguno de nosotros, nos levantamos para asistir
a misa llueva, truene o caigan chuzos de punta, y por muy tarde que nos
hayamos acostado la noche anterior. Eran los años 80 del siglo XX, que dicho así parece muy lejano pero apenas han pasado veinte... y los "protas" de la historia no tienen ahora más de 33 primaveras. Los que leían tenían que estar algo antes para preparar un poco la lectura. Un par de años más tarde sólo hacía falta que don Cecilio les indicara la lectura, y allá que subían, al altar a leer "a las bravas". La experiencia es un punto, y "los lectores" de mi pandilla eran ya doctores con 17 años. A mí me requerían para leer, me animaban, pero nunca lo hice, ni lo he hecho a día de hoy. Sólo en un par de ocasiones me hubiera gustado hacerlo, aunque siempre prefería dejar a los profesionales, o a cualquier sangre nueva... en resumen... ¡que me daba una vergüenza que me moría! La cosa ahora sería más llevadera, creo.
Pero, como digo, no
piensas en eso hasta que estás allí, escuchando el sermón
y las lecturas, dando tu mano a los de alrededor deseándoles la
Paz o comulgando. Total, que fuera por lo que fuera, el domingo estábamos todos, unos con más ojeras que otros, allí sentaditos y oyendo misa o, los más valientes, leyendo frente a todos, y las gafas de sol preparadas para que, en los días soleados, ni un rayo de sol te hiriera los ojos al salir. Sí, la misa era, y supongo que es, por más motivos de los que pensamos, acto social de primer orden en un pueblo como el nuestro. |
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Nieves M. Martín |
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| 11 de noviembre de 2003 | |
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