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Y soñó

      Instaló la calefacción hace unos años, pero el suelo de terrazo aún está frío. Se lo piensa dos veces antes de sacar el pie de entre las sábanas. Es lunes. Hay que trabajar. Se viste y pone la radio mientras busca algo que desayunar, salado por supuesto, no es de magdalenitas ni vasitos de leche, y mucho menos de cosas de ésas como los cereales y demás rarezas. Como mucho un café con leche caliente, y eso a media mañana si se puede, cuando paras el tajo para almorzar.
 
      Es lunes. La radio da las noticias del día. Aún anda medio dormido, pero acaba de despertarse cuando oye algo "especial". "Especial" por ocurrir sólo una vez al año. Oye voces de niños cantar números sin cesar. -¡Claro, hoy es la lotería!- y, aunque le da rabia ilusionarse por eso, en su interior empieza a animarse por la sola posibilidad de convertirse en millonario -estoy igual que otro montón de millones en España, y fuera, que la lotería ésta no se vende sólo ya aquí dentro, miá que soy imbécil- piensa para sí mientras acaba de desayunar y se abriga para salir.
 
      Media mañana, de lunes. Hace ya una hora que se arrepiente de haberse alegrado un segundo al darse cuenta de la fecha, 22 de diciembre. Hoy todo el mundo habla de lo mismo y ya se hace pesado -¡hoy, cuando quiera llegar a casa, me va a salir el dichoso sorteo por las orejas!- maldice para sí. Ríe las gracias de los compañeros, incluso hace algún que otro chiste, hay que seguir con el ritual navideño, aunque le parezca una tontería porque,... ¿y si me toca?
 
      Puede, puede tocarle, ha comprado un par, o tres, décimos, y unas cuantas participaciones más. Intenta no gastarse mucho estos días en apuestas. Es la única fecha, aparte de alguna bonoloto -quinielas pocas, porque no acaba de convencerle el fútbol aunque se trague los partidos en el bar-, en la que gasta en cosas de éstas. Le parece una inutilidad y, como el país entero, piensa él, lo hace más por tradición familiar y cultural que otra cosa.
 
      La hora de comer. Con los compañeros se va para el bar donde comen estos días, mientras están haciendo la obra que les toca ahora. En la tele del salón de comidas el informativo habla de lo mismo. El sorteo ha acabado ya. Ya se sabe dónde ha tocado. Ya han salido algunos de ésos que se ven todos los años, con cara de alegría, brindando en la calle con sidra, con cava y sin saber muy bien qué hacer, nada más que sonreír. Le dan envidia y también le desagradan. La sonrisa permanente les hace parecer medio tontos -y seguro que la mayoría son personas normales, pero claro, a ver qué cara se me pondría a mí- piensa. Mientras un compañero apremia a otro que se ha retrasado -¡Eh! Que están diciendo que en el pueblo ha tocado algo del primer premio- dice con mucha excitación mientras se sienta, y sigue explicando -que dicen que se trajeron décimos de fuera y ha tocado de ahí-.
 
      Es lunes, un mal día por principio, pero, al oír al compañero recuerda que uno de los décimos que lleva en la cartera lo encargó a un amigo de fuera. Abre la cartera en presencia de los compañeros un poco nervioso. Al principio no le prestan atención, luego, cuando le ven sacar lotería, se quedan mirándole, expectantes. En la tele están repitiendo los números, así que mira hacia allá con el papel en la mano. Y no se lo cree. En el primer segundo cree que le bailan los números, un compañero se acerca a la vez y comprueba también a su lado, y grita -¡Que te ha tocao!-
 
      Escándalo, se arma el escándalo, y él sólo puede pensar en que no puede ser y en no soltar el papel ése. Y ruido, y más ruido, y todo felicitaciones, y abrazos, y mientras intentando guardar el décimo en la cartera. Lo deja ver sin soltarlo y sin dejar de sonreír, y por menos de un segundo se da cuenta de que debe de tener la misma cara de tonto que los de la tele.
 
      El ruido no para. Entre saludos, felicitaciones, comentarios mil, el televisor, los curiosos que llegan y se quieren enterar... oye el móvil que le suena en la funda del cinturón, pero no acaba de poder sacarlo de ahí. Sigue sonando, y sonando y poco a poco los demás sonidos desaparecen y sólo queda el móvil. Sigue intentando cogerlo pero no acierta, hasta que por fin lo logra. Lo agarra fuerte. Pero no tiene forma de móvil.

      Abre los ojos, es el despertador. Lo tiene sujeto con la mano, sobre la mesilla. Se queda un minuto allí, sin moverse.

Las 06:30 de la mañana, lunes 22 de diciembre.
 Se levanta con una sonrisa -me puede tocar a mí, a ver si hoy se me queda cara de tonto- piensa mientras le va apeteciendo desayunarse una magdalena mojada en café con leche.

    Nieves M. Martín

22 de diciembre de 2003 
 
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