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La pila de lavar

      Chapoteo de agua, ropa y manos juntas arriba y abajo frotándose contra la piedra. Puños apretados, sujetando la tela, y a frotar con fuerza contra la piedra. Gotas de agua que saltan y mojan el mandil, saltan y se escapan fuera de la piedra. El jabón siempre cerca, a mano, para volver a enjabonar la prenda. Media mañana sólo para hacer la colada.
 
      No, no voy a decir que yo era la del mandil, porque si me tocó lavar en la pila, sólo fue una par de veranos y no toda la ropa, sólo lo que en la lavadora no se acababa de quedar bien o las sábanas, porque doña Boleca quería asegurarse de que no amarillearan, y para eso, como la pila de piedra no hay nada. Ella, la doña Milagros, se empapó el mandil y dobló "bisagras" arriba y abajo, al son de la ropa, durante toda su vida, y como ella, muchas mujeres del pueblo.
 
      Ese olor a jabón de losa, esperando en la losa a ser usado una vez más por manos ágiles, femeninas, trabajadoras... Mi madre y mis tías aún hacen, de vez en cuando, jabón de losa, y lo guardan como oro en paño para la peor porquería que se meta en la tela. Huele a limpio, como dicen en los anuncios de TV. Cuando yo digo que algo huele a limpio, y a la vez se me queda cara de ensimismada mientras intento aspirar todo el olor que me viene, es que la ropa huele a ese jabon de losa.
 
      Y de esto siempre se me va el pensamiento a la pena que me da que no se haya conservado ese pedazo de lavadero municipal que tenía nuestro pueblo. El lavadero desapareció, la pila de mi abuela se rompió de tanto usarla... lástima. Aunque ya se ocupó mi madre de encargar, casi lo primero de todo, una pila nueva para que nuestra casa en Alcadozo no le faltara mejor remedio anti manchas, el más trabajoso, pero el mejor.
 
      La ropa blanca, con azulete, en el barreno, a remojo, a empaparse bien de ese tinte para que cegaran la vista al sol de puro blanco cuando se tendían.
 
      La ropa de color no necesitaba tantos cuidados. Unos cuantos aclarados en la pila también se llevaba, después de la paliza a frotar que le infringía mi abuela, pero, tras darle varias aguas, a la cuerda.
 
      Olor a jabón hervido, frescor en el ambiente, ruido de chapoteo, algodón inmaculado, aliado del Sol para herirte los ojos cuando asomabas por el patio y la abuela estaba lavando.
 
      Recuerdos de cosas triviales que, según creces, valoras más, te das cuenta de la suerte que has tenido.

      Hasta luego

    Nieves M. Martín

26 de septiembre de 2004 
 
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