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La Boleca: mi abuela |
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Me quedé quieta, delante de ella, a los pies de la cama cuando se levantó de golpe en la penumbra, menuda, con su camisón blanco... y me sentí esperanzada al verla moverse, y asustada y dolida porque sabía que la esperanza era vana, que se nos iba. Y sólo puede decirle, intentando tranquilizarla con mi tono: ¡abuela, abuela, estoy aquí, estamos aquí!. Me miró un segundo, miró a su alrededor y se volvió a recostar y a entrar en ese estado de semiinconsciencia. La Milagros de Precioso, conocida también como la Boleca, tuvo suerte. Y los que la disfrutamos aún más. La Milagros no pasó temporadas enteras en la frialdad de un hospital, en apenas dos días nos dijo adiós. La Muerte se la llevó rápido y, cuando vino a por ella, la encontró rodeada de los suyos. Aunque la Muerte ya sabía que sería como fue. Sabía encontraría a una mujer, tan grande como pequeño era su cuerpo, fortalecida por el cariño que nos dio y el que nosotros le pudimos dar sin saberlo. La Milagros murió fuerte en el trono que su familia le erigió. Como antes lo hizo su marido. Era la última de mis cuatro abuelos. Desde pequeña me consideré afortunada por tener a mis cuatro abuelos, ellas y ellos. Y, por consiguiente, cuando me empezaron a faltar, no podía sentirme de otra forma que como lo hice; perdida. La Vida, muy justa e implacable, me empezaba a quitar los puntales sobre los que crecí y me formé. Y yo me sentía tambalear cada vez que se acercaba el final de alguno de ellos. La Boleca era vitalista, tradicional -más en superficie de lo que ella misma se imaginaba-, refunfuñona, gruñona, muy limpia, trabajadora, responsable, religiosa en fondo -ahí le importaba menos mirar a la galería-, independiente, ¡fuerte! -como he visto a pocas personas- madre, abuela. Te escuchaba, aunque simulara no hacerlo, a veces sin que ni siquiera hiciera falta que hablaras. Tenía defectos, como todo el mundo. Era testaruda, mucho... y se escudaba en su edad para mantenerse en "sus trece" aún cuando ni ella misma se creyera ese argumento. También eso se lo tengo que agradecer, porque de eso también aprendí.
Sufrió una guerra, pasó hambre, perdió varios hijos y santificó, como todas las madres, su vida en la crianza de sus otros seis, jornalera en el campo, regente en un bar... tuvo una vida rica. Y, ya en la vejez, aún le tocó hacer de madre con sus nietos -los de Madrid le dimos, gracias a Dios, mucha guerra- No había nada más que oírla decir orgullosa "¡tengo veinte nietos y un bisnieto, y los que vendrán!", mientras su risa provocaba que su barriga se moviera arriba y abajo, como si entendiera que sus nietos eran el espejo de lo que ella era, de lo que había sido y de lo que había luchado. Esos ojos verdes. Podría hablar mil veces y otras tantas de sus ojos. Tan expresivos como los del abuelo, pero menos cálidos. Los suyos se te clavaban como puntas de navaja si hacías algo mal, la frialdad del agua de mar en pleno invierno, siendo tan de tierra adentro. De tan verdes como los tenía, de ese verde tan suyo, parecía a veces que en esa claridad fuera de repente a aparecer la espuma de una ola. Pero no, te regañaba, te pegaba dos voces y de ahí no pasaba. Creo que la que más desvelos le dio después de sus hijos fui yo, no porque me lo mereciera, sino porque era la nieta que más tiempo pasaba en su casa. Y también con la que más discutió. Murió un domingo, once de marzo de 2001, hace casi tres años. Tres años ya. No me verá vestida de novia, no me verá hacer muchas cosas, ni conocerá a mis hijos. Pero la Vida es justa e implacable y, igual que aprendemos que hay que rechazar ciertas cosas, también hay que aprender a aceptar otras, por mucho que duelan.
Pero crecemos, y los puntales que nos ayudaron a trepar ya no nos hacen falta, aunque duela que desaparezcan. Así que, así me veo ahora, creo que más madura que hace tres años, queriendo y sintiéndome querida, pero sin mi abuela. |
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Nieves M. Martín |
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| 29 de febrero de 2004 | |
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