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Se echa de menos

 
Se echa de menos      A ratos le parece que a uno le ha tocado la china. A ratos te desesperas pensando que cuando puedes verlos a todos, en una de las fechas en las que tu familia se reúne, pues que tú te vas a quedar a verlas venir.
 
      Se crece y se madura, y se maldice la “madurez” y el “buen criterio”, porque ambos te dicen que lo mejor es no ir al pueblo en Semana Santa porque esos días te atan a la urbe mil motivos, porque los atascos que se forman para llegar son de película de terror, porque el año anterior te chupaste el doble de horas de lo que se tarda cualquier fin de semana normal. Y el corazón te dice que se puede ir muy lejos la “cordura”, y que te embarques en tu bólido a aprovechar los pocos días que la vida te ofrece para disfrutar de una de los mejores regalos que te hizo la vida.
 
      Sabes que ahora mismo muchos paisanos se sienten igual, piensan lo mismo allí donde estén, donde les haya tocado ganarse el jornal. Dicen que “mal de muchos, consuelo de tontos”. Sea como fuere lo de la sabiduría popular, a mí no me consuela nada cuando no puedo ir al pueblo como quisiera.
 
      De pequeño puedes estar allí mucho tiempo pero entonces no tienes la independencia necesaria para ir y venir según te venga en gana. Y luego, cuando creces y crees que has conseguido ese valerte por ti mismo que tanto te han vendido, entonces resulta que estás más atado aún, que no tienes tiempo y que los posibles que ahora tienes (coche, dinerito en el bolsillo...) no sirven de nada porque para mantenerlos has de trabajar, como todo el mundo, y regir tus salidas por las libranzas del currele.
 
      Y es entonces cuando echas de menos quejarte con diez años de que tu padre no te daba lo que tu querías para chucherías, mientras él te hacía un gesto para que callaras porque iba a empezar la procesión que tocara ese día.
 
      Primero ibas con tus padres, a partir de los 10 u 11 añitos ya quedabas con las amigas para ir con ellas. Tus padres no te iban a decir nada. En una procesión de apenas 500 personas tú ibas a tu aire y ellos te tenían controlado. La comodidad que da un pueblo... ¡qué os voy a contar que no sepáis!.
 
      Ya, de más mayor, la pandilla es tu familia, o eso te crees con 15 años, aunque la de verdad te sigue los pasos de cerca sin que te des cuenta (menos mal). Y a partir de determinada edad, vuelves al redil -esto es, cuando los amigos, y tú mismo, empezáis a tener otras prioridades- y vuelves a dejar que tus mayores te tomen del brazo durante el largo rato en el que se recorren las calles tras los pasos.
 
      La Semana Santa, la veas desde unos ojos más jóvenes o más viejos, es una de esas épocas de año que han marcado el ritmo en nuestras vidas. No lo marca en todo el mundo, pero desde luego sí en el nuestro. Y se echa de menos estar en Alcadozo para celebrarla con tu gente. Semana Santa son cuatro días de solemnidad, de recios tambores, de túnicas, de dulces, de aperitivos y cafés sin prisa, de charlas añoradas, de silencios y saetas, de mil rituales, religiosos y profanos, que bien merecen la pena un atasco.

    Nieves M. Martín

25 de abril de 2004 
 
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