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Calor de familia... y de cocinica

Un casco de patata bien asadito en la lumbre      El abuelo en su silla junto a la lumbre, las patatas asándose enterradas en las ascuas, la abuela cocinando a la vez un guiso el puchero -ése alargado y redondeado que casi se entierra en las ascuas y se pasa por lo menos un par de horas haciendo un chup chup lento y cadencioso- y friendo una buena sartená de tajás de cordero con ajos en los fuegos de la cocina de gas. Mis primos, unos sentados en las sillas de esparto, en torno a la chimenea, intentado calentar las manos y los pies, otros correteando por detrás de los primeros, jugando, comiendo algún suspiro o algún trozo de turrón, algunos más apoyados sobre la mesa de matanza que la abuela tiene en la cocina, charlando entre sí, y los más valientes sentados en los fríos escalones que conducen al piso de arriba -éste ha sido siempre el mejor sitio porque desde ahí se ve al resto formando un cuadro que ya quisieran los mejores pintores costumbristas-. Y por entre tanto primete, aún cabe mi madre, la mayor de los tíos, moviéndose buscando no sé qué mientras nos dice que nos estemos quietos, o mí tío Precioso, el menor de los tíos, jugando con alguno de los primos más pequeños. Y mientras tanto la puerta de la cocinica no para de abrirse y cerrarse, que, como da directamente al patio que antecede a la puerta de la calle, pues deja pasar un frío en pleno diciembre que pa qué te cuento. Y por la puerta perderse unos en dirección al salón, al otro extremo del patio, donde hay más tíos y primos, otros que vienen desde el salón. Un ir y venir incesante de una media de veinte o más personas que en ocasiones, durante el trasiego, se encabezonan en quedarse todas fijas en un sitio. Y el sitio elegido no resulta ser casi nunca el salón, que es una habitación bastante más espaciosa, sino la cocinica. Porque sino pillas sitio junto a la lumbre, ya entrarás en calor entre tanto familiar y entre tanta conversación animada -eso es lo que de verdad calienta tanto el ambiente como la temperatura corporal-, en resumen, para cuando nos juntábamos en Navidad, siempre preferíamos estar en la cocina, apretujaditos y calentitos.

      Una mañana estaba leyendo La colmena de C.J. Cela sentado junto a la lumbre, con mi abuelo al otro extremo. Durante un rato estuvimos allí sólo mi abuelo y yo. Él mirando el chisporroteo de la leña mientras se comía una mandarina. Yo leyendo un libro que me estaba gustando pero que, al final y cabo, me lo habían impuesto como ejercicio de clase para Navidades. Ha sido una de esas imágenes que se te quedan grabadas para siempre. La imagen y la sensación de estar tan a gusto que crees que en ningún momento de tu vida vas a poder estar tan bien y ser tan feliz en un mismo segundo como en ése. Durante varios minutos el silencio fue nuestro compañero. La mayor parte del tiempo no me hacía falta hablar con mi abuelo para comunicarme con él.
Los dos
solos
en la cocinica
uno frente al otro
en silencio
uno a cada lado
de la chimenea
en silencio
Lo echo de menos

    Nieves M. Martín

30 de diciembre de 2003 
 
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