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La algarabía de llegar al pueblo |
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Te daba la vuelta el corazón
en el pecho cuando, tras la curva, asomaban las luces del pueblo a la derecha
de la carretera... los cuatro niños que iban en la parte de atrás
del coche unían sus cuatro años de diferencia en un "¡¡¡ya!!!!"
"¡¡¡¡ya hemos llegao!!!. Y, en esos tres o
cuatrocientos metros que quedaban hasta la casa de la abuela. mis padres
lo pasaban fatal y genial a la vez. Intentaban hacernos callar, porque armábamos
un alboroto en un segundo que para qué te cuento... pero a la vez
no hacían más que aguantarse la risa porque no fallaba una
vez que no llegáramos al pueblo y que no hiciéramos lo mismo.
Chillar y removernos en el asiento de atrás... y así sin poder
estarnos quietos hasta que mi padre paraba el coche en la placeta. Para
nosotros aquella algarabía anterior a posar el píe en el pueblo
se convirtió en todo un ritual.
Salíamos del coche impacientes. Si alguien lo hubiera descrito desde fuera alguna vez... ja, ja, ja... era una "risión" como decía mi madre... parecía que alguien nos empujaba desde dentro... ¿a ver quién salía primero?. Mi hermano era el más divertido. Como era el más pequeño intentaba colarse el primero junto a la puerta, valía para conseguirlo sentarse encima de alguna de nosotras, o empujarnos contra la puerta hasta que le dejábamos el sitio... y así salía disparado a la calle. Y allí, en la placeta de la casa de la abuela... cuánta más gente hubiera más nos gustaba. Nunca lo comentamos, pero queríamos que hubiera gente, gente de nuestra familia sobre todo. Y si mis padres habían llamado desde Madrid para avisar de cuándo llegábamos, sabíamos que alguien de mis tíos y mis primos estaría allí para recibirnos. Era un fiesta. Y según mi padre aparcaba, antes de que hubiera parado el motor, ya se veía a mis abuelos salir a vernos y a darnos un beso... íbamos a estar allí dos meses, algunas veces más... durante el verano ellos se convertían en nuestros padres. Papá y mamá se volvían a Madrid en los días siguientes y a ellos dos les tocaba guerrear con nosotros cuatro, los hijos de su hija mayor. En esos momentos empezaba la que para mí era la mejor época del año. Y así fue durante muchos años. Ahora ya mayor, el verano es una estación que sigue siendo mágica por muchos motivos, pero ahora el trabajo, las rutinas necesarias... las cosas tienen que ser de otra manera, ni mejor ni peor, diferentes. Lo bueno que trae el hacerse mayor, entre otras muchas cosas, es el poder saborear recuerdos de aquella infancia y de aquella adolescencia y siempre sonreírte y felicitarte por lo buenas que fueron. Nieves M. Martín |
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